Bipolarizados

Mario Roberto Morales pone el dedo en la llaga en su interesantísimo artículo “[“Guatemala: ¿Apartheid, genocidio, limpieza étnica?”:http://www.lainsignia.org/2004/noviembre/ibe_084.htm]”, publicado en “La Insignia”.
Fragmento:

El debate sereno (aún pendiente) sobre si hubo o no genocidio en Guatemala no se centra en afirmar o negar que hubo masacres de indígenas, sino en establecer los fines estratégicos de estos crímenes de guerra. Y la finalidad del criminal ejército guatemalteco al masacrar a la población civil indígena no apuntaba a exterminarla por razones supremacistas raciales, sino a acabar con las guerrillas izquierdistas que habían escogido zonas geográficas de densa población indígena para desatar su guerra popular. El hecho de que las masacres de Guatemala no se enmarquen ni en el genocidio ni en la limpieza étnica no atenúa su carácter criminal y horrendo, porque la razón de no exterminar a la población indígena aunque se la masacre metódicamente es doblemente perversa, ya que se la mantiene viva para que pueda reproducirse como fuerza de trabajo barata, sobreexplotada, marginada y oprimida. Para ser fieles a la complejidad del problema, a todo esto hay que agregar, además de las masacres de indígenas cometidas por las guerrillas, la irresponsable conducción de la guerra popular por parte de la dirigencia insurgente, que propició estas masacres por medio de una táctica de provocaciones al enemigo para las cuales la guerrilla no tenía capacidad de respuesta, y ante lo cual abandonaba inerme y a su propia suerte a las comunidades indígenas hacia las que atraía al ejército. Las masacres de indígenas son pues una responsabilidad histórica compartida, aunque el ejército haya cometido el 97 por ciento de ellas y la guerrilla sólo el 3 por ciento. Aquí, el debate giraría en torno a la primacía de lo cuantitativo o lo cualitativo a la hora de juzgar los hechos. ¿Genocidio, limpieza étnica? ¿De parte de quiénes?
Es la explotación sobre la que descansa el injusto sistema económico y político local lo que constituye un crimen histórico prolongado en Guatemala, y esa es también la base material sobre la que descansa el racismo y los etnocentrismos locales. Para denunciar esto no hay ninguna necesidad de echar mano de lo que en este caso resultan ser estridencias victimistas para consumo de burócratas de agencias de financiamiento internacional, como las nociones de genocidio y limpieza étnica. Al hacerlo se escamotea (“racializándolo” y “culturalizándolo”) un problema económico, de clase, estructural, que se resume en la sobreexplotación de una masa desposeída por parte de una oligarquía atrasada y de mentalidad feudalizante, al servicio de la cual ha estado siempre el criminal ejército de Guatemala. El culturalismo echa una cortina de humo sobre esta realidad, y circunscribe las reivindicaciones indígenas al respeto a su especificidad cultural, con lo que se benefician sólo cerradas elites de indígenas intelectualizados que se agrupan en oenegés financiadas por los países colonialistas, dejando intacto el problema social de las masas. Son estas elites y sus huestes solidarias las que se victimizan utilizando conceptos como limpieza étnica o exterminio, a fin de conseguir financiamientos para proyectos cuyos resultados suelen no constatarse nunca. Ser víctima no es denigrante. Victimizarse sí lo es.

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