Cada vez que asisto a un funeral católico me embarga una sensación compleja, mezcla entre perplejidad y humor negro.

El último funeral ha sido el de mi madre, que era bastante católica y supusimos que querría tener un funeral con todos los sacramentos. Como los curas que celebraban la misa eran amigos y familiares, esperaba que la ceremonia fuera diferente (veo demasiado cine quizás). Aunque uno esta muy muy triste, el comienzo de la misa elimina instantáneamente la tristeza para inyectar un humor salvaje y galopante, ese pedazo de cura cantando frases anacrónicas y estúpidas, vacías de todo significado, frases que se enlazan unas con otras sin decir absolutamente nada. Canción tras canción el humor sube como un géiser y me es difícil controlar la risa en el funeral de mi propia madre. Pensaréis que me embargada una risa histérica, pero no, era auténtico humor del bueno. Ese sermón citando un párrafo de la biblia donde dios separa ovejas de cabras, deduzco que mi madre es una de las ovejas, esas grandes frases de consuelo a la familia diciendo que si no hay pecados resucitará, esa imagen de los curas octogenarios dando vueltas al ataúd con el incienso y el hisopo tropezando aquí y allá, todo combinado es como ver una mezcla entre Benny Hill y Mister Bean. Y entonces el cura por fin decide hacer una mención personal a la fallecida, contengo la respiración, espero alguna frase en referencia a su personalidad buena y amable, pero no, sólo dice que “la echaremos de menos en la misa de las 11″.  Te has lucido.

Lo cierto es que tiene un gran efecto curativo, los católicos rezan, lloran y se quedan tranquilos, y los ateos tenemos el efecto doble de la risa (aunque sea contenida) y de la blasfemia absoluta en primera fila.

 

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