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¿Extraña religión?

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Ese era el título de la noticia que acabo de ver en informativos Telecinco (que son los que le molan a mi padre, no vayáis a pensar…). Resulta que un austríaco, para protestar por una normativa que admite salir con la cabeza cubierta en la foto del carnet de conducir si es por motivos religiosos (o sea, ir con el velo islámico), se conseguido aparecer en la foto con un escurridor de pasta en la cabeza aduciendo que su religión lo impone.

¿Cuál es esa religión? Pastafarismo. Ya se que la prensa actual vive en un periodo de degradación galopante, pero si no pueden dedicar cinco segundos a mirar en la Wikipedia de qué narices están hablando, pues mal vamos. Por si alguno me está leyendo, el pastafarismo es una “religión” paródica, que usamos ateos y agnósticos para chotearnos de las religiones y protestar. El “Dios” del pastafarismo es el famoso Monstruo de Espagueti Volador, una bola gigante de espaguetis con dos bolas de carne. Ya se que introducir temas como el ateismo o el laicismo es “tabú” en los noticiarios, pero hacer bien el trabajo no cuesta casi nada. En la BBC lo han hecho muy bien.

 

Razones para la esperanza

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Obama nombró en su discurso la ciencia y el progreso:
bq. We will restore science to its rightful place, and wield technology’s wonders to raise health care’s quality and lower its cost. We will harness the sun and the winds and the soil to fuel our cars and run our factories. And we will transform our schools and colleges and universities to meet the demands of a new age. All this we can do. And all this we will do.
Y ya ha empezado a tomar medidas:
§ Obama reanima a la ciencia con el mayor impulso a las células madre. “El País”:http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Obama/reanima/ciencia/mayor/impulso/celulas/madre/elpepisoc/20090124elpepisoc_4/Tes
§ Obama firma el cierre de Guatánamo en un año. “El País”:http://www.elpais.com/articulo/internacional/Obama/firma/cierre/Guatanamo/ano/elpepuint/20090122elpepuint_7/Tes
Y por otro lado mentó a los ateos, cuasidelicuentes en USA, aunque Dios sigue siendo su guía:
bq.
We are a nation of Christians and Muslims, Jews and Hindus – and non-believers…This is the source of our confidence – the knowledge that God calls on us to shape an uncertain destiny.
§ Two Little (Huge) Things Obama Said. “NYT”:http://theboard.blogs.nytimes.com/2009/01/20/two-little-huge-things-obama-said/?scp=1&sq=obama%20atheism&st=cse
§ Many Nods to Jesus — and One to Non-Believers. “NYT”:http://thecaucus.blogs.nytimes.com/2009/01/20/many-nods-to-jesus-and-one-to-non-believers/?scp=8&sq=obama%20atheism&st=cse
Y su primera mañana la pasó en la iglesia:
§ A Diverse First Presidential Morning Prayer. “NYT”:http://www.nytimes.com/2009/01/22/us/politics/22prayer.html?scp=5&sq=obama%20cathedral&st=cse
obama_mesias.jpg
Veremos…

¡Dios sigue sin existir!

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¡Cómo pasa el tiempo! Ya hace cuatro años que por primera vez decidí poner en el blog una entrada donde citaba las siguientes frases de Carl Sagan:

La primera: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias.” La segunda: “La idea que Dios es un grandullón hombre blanco con barba que está sentado en el cielo y que lleva la cuenta de la caída de cada gorrión es ridícula. Pero si con Dios uno quiere decir el conjunto de leyes físicas que gobiernan el universo, entonces evidentemente existe tal Dios. Este Dios es emocionalmente insatisfactorio… no tiene mucho sentido rezarle a la ley de la gravedad.”

Se me ocurrió poner el título de “Dios no existe“, porque no tengo duda alguna de que Dios no existe y las palabras de Carl me parecían una manera estupenda de decirlo. 241 comentarios y un año después decidí cerrar la entrada y abrir una nueva donde la parquedad me pudo, simplemente decía: ¡Dios no existe! Sólo por si a alguien se le había olvidado.
Y la he dejado abierta tres años. Ya tiene 485 comentarios, demasiado para el cuerpo (y para la base de datos). He decidido por lo tanto, empezar de nuevo. Ya es algo tradicional y entrañable. Pero quería aprovechar para agradecer las aportaciones de dos paladines de la discusión que con paciencia casi inimaginable han discutido y rebatido a las decenas de comentaristas que en todo este tiempo han llegado hasta aquí. ¡Gracias a Chapulin Colorado y a Walter!
Porque ha habido de todo. Desde iluminados en pleno trance hasta pesados estudiosos de la biblia.
Pues eso, volvamos a empezar, sólo recordar que ¡Dios no existe!

Lecturas veraniegas III

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Tras leer “["The God Delusion":http://www.google.com/url?sa=t&ct=res&cd=1&url=http%3A%2F%2Fen.wikipedia.org%2Fwiki%2FThe_God_Delusion&ei=-a-fRuH6CoKiwAHqsLCNDg&usg=AFQjCNHP1qmjM1iDCnnBpjmafcWbhYs1aw&sig2=CgfklvDpScY8iF2Zw5AmiA]” de “Richard Dawkins”:http://en.wikipedia.org/wiki/Richard_Dawkins me parece interesante poner la “serie documental”:http://en.wikipedia.org/wiki/The_Root_of_All_Evil%3F que hizo antes de escribir el libro.
“The God Delusion”

“The Virus of Faith”

Vídeos vistos en ["Psicofonías":http://www.psicobyte.com/]. Original en ["El Catoli-cinismo":http://catolicinismo.blogspot.com/].

Fomentar el espíritu crítico

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Se me había pasado este interesantísimo artículo de Fernando Savater publicado en El País. Dado su gran interés lo reproduzo en su totalidad.

La laicidad explicada a los niños

En 1791, como respuesta a la proclamación por la Convención francesa de los Derechos del Hombre, el Papa Pío VI hizo pública su encíclica Quod aliquantum en la que afirmaba que “no puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres”. En 1832, Gregorio XVI reafirmaba esta condena sentenciando en su encíclica Mirari vos que la reivindicación de tal cosa como la “libertad de conciencia” era un error “venenosísimo”. En 1864 apareció el Syllabus en el que Pío IX condenaba los principales errores de la modernidad democrática, entre ellos muy especialmente —dale que te pego— la libertad de conciencia. Deseoso de no quedarse atrás en celo inquisitorial, León XIII estableció en su encíclica Libertas de 1888 los males del liberalismo y el socialismo, epígonos indeseables de la nefasta ilustración, señalando que “no es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley alguna”. Y a Pío X le correspondió fulminar la ley francesa de separación entre Iglesia y Estado con su encíclica Vehementer, de 1906, donde puede leerse: “Que sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombres más allá de los fines de esta breve vida”. Hubo que esperar al Concilio Vaticano II y al decreto Dignitatis humanae personae, querido por Pablo VI, para que finalmente se reconociera la libertad de conciencia como una dimensión de la persona contra la cual no valen ni la razón de Estado ni la razón de la Iglesia. “¡Es una auténtica revolución!”, exclamó el entonces cardenal Wojtyla.
¿Qué es la laicidad? Es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título particular) de las creencias de cada cual. La liberación es mutua, porque la política se sacude la tentación teocrática pero también las iglesias y los fieles dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas en muchos países totalitarios. Por eso no tienen fundamento los temores de cierto prelado español que hace poco alertaba ante la amenaza en nuestro país de un “Estado ateo”. Que pueda darse en algún sitio un Estado ateo sería tan raro como que apareciese un Estado geómetra o melancólico: pero si lo que teme monseñor es que aparezcan gobernantes que se inmiscuyan en cuestiones estrictamente religiosas para prohibirlas u hostigar a los creyentes, hará bien en apoyar con entusiasmo la laicidad de nuestras instituciones, que excluye precisamente tales comportamientos no menos que la sumisión de las leyes a los dictados de la Conferencia Episcopal. No sería el primer creyente y practicante religioso partidario del laicismo, pues abundan hoy como también los hubo ayer: recordemos por ejemplo a Ferdinand Buisson, colaborador de Jules Ferry y promotor de la escuela laica (obtuvo el premio Nobel de la paz en 1927), que fue un ferviente protestante.
En España, algunos tienen inquina al término “laicidad” (o aún peor, “laicismo”) y sostienen que nuestro país es constitucionamente “aconfesional” —eso puede pasar— pero no laico. Como ocurre con otras disputas semánticas (la que ahora rodea al término “nación”, por ejemplo) lo importante es lo que cada cual espera obtener mediante un nombre u otro. Según lo interpretan algunos, un Estado no confesional es un Estado que no tiene una única devoción religiosa sino que tiene muchas, todas las que le pidan. Es multiconfesional, partidario de una especie de teocracia politeista que apoya y favorece las creencias estadísticamente más representadas entre su población o más combativas en la calle. De modo que sostendrá en la escuela pública todo tipo de catecismos y santificará institucionalmente las fiestas de iglesias surtidas. Es una interpretación que resulta por lo menos abusiva, sobre todo en lo que respecta a la enseñanza. Como ha avisado Claudio Magris (en “Laicità e religione”, incluido en el volumen colectivo Le ragioni dei laici, ed. Laterza), “en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus hijos en la escuela que se reclame de sus principios —religiosos, políticos y morales— surgirán escuelas inspiradas por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas que pretenderán educar a sus hijos —a nuestras expensas— en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten junto a extranjeros…”. Debe recordarse que la enseñanza no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia, sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el centro en que se imparta. Una cosa es la instrucción religiosa o ideológica que cada cual pueda dar a sus vástagos siempre que no vaya contra leyes y principios constitucionales, otra el contenido del temario escolar que el Estado debe garantizar con su presupuesto que se enseñe a todos los niños y adolescentes. Si en otros campos, como el mencionado de las festividades, hay que manejarse flexiblemente entre lo tradicional, lo cultural y lo legalmente instituido, en el terreno escolar hay que ser preciso estableciendo las demarcaciones y distinguiendo entre los centros escolares (que pueden ser públicos, concertados o privados) y la enseñanza misma ofrecida en cualquiera de ellos, cuyo contenido de interés público debe estar siempre asegurado y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad y no en otra cosa más oscura o temible.
Algunos partidarios a ultranza de la religión como asignatura en la escuela han iniciado una cruzada contra la enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana. Al oírles parece que los valores de los padres, cualesquiera que sean, han de resultar sagrados mientras que los de la sociedad democrática no pueden explicarse sin incurrir en una manipulación de las mentes poco menos que totalitaria. Por supuesto, la objeción de que educar para la ciudadanía lleva a un adoctrinamiento neofranquista es tan profunda y digna de estudio como la de quienes aseguran que la educación sexual desemboca en la corrupción de menores. Como además ambas críticas suelen venir de las mismas personas, podemos comprenderlas mejor. En cualquier caso, la actitud laica rechaza cualquier planteamiento incontrovertible de valores políticos o sociales: el ilustrado Condorcet llegó a decir que ni siquiera los derechos humanos pueden enseñarse como si estuviesen escritos en unas tablas descendidas de los cielos. Pero es importante que en la escuela pública no falte la elucidación seguida de debate sobre las normas y objetivos fundamentales que persigue nuestra convivencia democrática, precisamente porque se basan en legitimaciones racionales y deben someterse a consideraciones históricas. Los valores no dejan de serlo y de exigir respeto aunque no aspiren a un carácter absoluto ni se refuercen con castigos o premios sobrenaturales… Y es indispensable hacerlo comprender.
Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc…) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia. La justificada oposición a las pretensiones de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición de privilegio asimétrico se basa —desde el punto de vista laico— no en la amenaza que suponen para la unidad de España como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos “monárquicos” aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista…
En todo caso, la época no parece favorable a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas y sepulcros milagrosos, templarios —¡muchos templarios!— y batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón: qué lata. En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones, en cuanto se reúnen los expertos para planearla resulta que la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura, no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más apasionante de las demás. A no ser, claro, que también seamos “asimétricos” en esta cuestión… Hace un par de años, coincidí en un debate en París con el ex secretario de la ONU Butros Gali. Sostuvo ante mi asombro la gran importancia de la astrología en el Egipto actual, que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente, señalé que la astrología es tan pintoresca como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o Caracas. Butros Gali me informó de que precisamente esa opinión constituye un prejuicio eurocéntrico. No pude por menos de compadecer a los africanos que dependen de la astrología mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología o la biogenética. Quizá el primer mandamiento de la laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana: “No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre de otro mundo que es inexistente”.
Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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